viernes, 2 de agosto de 2013

Libertad de Credo

“A excepción del hombre ningún ser se maravilla de su propia existencia”
Arthur Schopenhauer.

             - … ¡Pues así es joven!, ayer no anduvimos por acá porque me recogieron mi cajón, y pues ya no pude trabajar… hasta hoy por la mañana pude pasar con el supervisor del ayuntamiento y hasta eso que se portó buena gente y me lo regresó sin cobrarme multa… con eso de los operativos para retirar el ambulantaje… ya sabe cómo se pone la cosa...
             Con marcado desinterés y embebido en mis propios asuntos escuchaba al bolero mientras me lustraba los zapatos, un hombre de aproximadamente 30 años, robusto, cabello oscuro y sonrisa gentil… quien pese a su precaria situación económica no reflejaba amargura en su voz.
             - ¡Y eso no es nada joven!, el de la fruta se tiene que esconder en la cuadra de atrás para vender porque si lo ven por aquí en la avenida le recogen su carrito, y ya sabe que luego es bien difícil por aquello de las multas… Por ejemplo, a mí en una ocasión me quitaron mi cajón y como me puse al brinco no me lo regresaron, me dieron una multa para ir a pagar a las oficinas del ayuntamiento… ¡$600.00 pesos!... ¿pues de dónde?... me salía más barato dejarlo ahí… ¡total!, pedía prestado y me compraba otro… $200.00 del cajón y otros $200.00 de material, y como quiera luego sacaba para pagar… ahora sí que no hay de otra...
             - ¿Acaso no existen permisos para trabajar en la calle? (léase esto último con el necesario tono sarcástico)
             - ¡Pues no joven!, dicen que no podemos trabajar de esa forma, que el ambulantaje está prohibido, que no existen permisos, en fin… ¡pero es un servicio que usan todos!, digo, hasta al gobierno le beneficia porque ustedes vienen a trabajar y están bien presentables, ¡con su calzado limpiecito!... ¿no?...
             - Supongo que si…
             - ¡Claro! ... ¡es un servicio que hasta el presidente de la república utiliza!... ¡los presidentes municipales! ...¡los jefes!... ¡todo mundo!... ¿no?
             Asentí con la cabeza mientras observaba al bolero desempeñar su trabajo. Claramente no compartíamos la misma opinión, así que pregunté:
             - Por simple curiosidad… ¿tienes una idea de cuánto podrían costar los zapatos que usa un alto funcionario?, ya no hablemos del presidente, digamos… el gobernador o el presidente municipal.
             - Pues, no lo sé… ¿cuánto cuestan los que usted trae?
             - Bueno, estos me costaron $1,700.00.
             - Mmm… pues le calculo que unos $5,000.00 pesitos… más o menos, la verdad yo ya ni idea tengo jefe… ¡hace tanto que no me compro zapatos nuevos!… de vez en cuando alguien me hace la caridad de regalarme unos y solo les pongo media suela y listo ¡como nuevos!... la neta, la neta jefe, ya gastar $1,700.00 pesos en un par de zapatos se me hace muchísimo… con ese dinerito podría comprar mi mandado para una quincena.
             - Bueno, tal vez sería mejor que no supieras, pero con lo que pagan por un par de zapatos, un traje, o una camisa, te alcanzaría perfectamente para comprar tu despensa - y me refiero a comprarla en alguna tienda de autoservicio como SAMS o COSTCO - al menos durante cuatro meses, claro que en el cálculo me quedo corto pero es algo aproximado.
             - ¡No invente jefe!, ¿es neta lo que me dice?... no, pues con razón todo mundo quiere trabajar en gobierno, ¡si ha de ser bien chido cobrar tanta lana!
             - No creas, no todos los servidores públicos ganan tanto, se maneja por niveles, y hay cierto estatus que te permite cobrar mucho sin trabajar e incluso tener el beneficio de vaciar los presupuestos asignados a la dependencia, al municipio, al estado o al país sin que se te investigue por ello.
             - ¡Chale jefe!, ahora sí que me puso a pensar… ¡nunca pensé que fueran así las cosas!... ¡pero ni modo!, hay que seguirle macheteando duro, porque si no nunca vamos a salir adelante, total, todo se lo dejo a Dios, sólo a Él le corresponde juzgar, todos somos sus hijos y nunca nos abandona.
             Permanecí en silencio mientras el bolero terminaba su trabajo, quise explicarle que el principal combustible de la deteriorada e ineficiente maquinaria de gobierno es precisamente el pensamiento vulgar de millones de mexicanos que, como él, prefieren ignorar lo obvio antes que luchar por lo que es justo, pero muy pronto di cuenta de que sería un desperdicio de tiempo.
             - ¡Listo jefecito!, ¿cómo ve?, ¡quedaron como nuevos!, ¡son doce pesitos nomás patrón!
             Mientras lo escuchaba saqué un billete de veinte pesos que le entregué
             - Guarda el cambio.
             - ¡Gracias Jefe!
             Y apoyando mi mano en su hombro me incliné un poco acercándome a su oreja y le dije a manera de secreto:
             - Por cierto, hay algo que debes saber…
             Hice una pausa mientras él estiraba el cuello para escuchar con atención lo que tenía que decirle.
             - ¡A ver jefe!, ¡échele!, ¡soy todo oídos!
             Entonces dije:
             - Dios no existe…