La ignorancia es, en cierto modo, una suerte de felicidad… porque es feliz aquel que ignora los alcances de sus actos, o que desconoce el sutil mecanismo que enlaza la causa y el efecto, aquel, cuyo entendimiento es limitado y cuyas acciones son vulgares y sin sentido, ese es feliz, a saber, para sí. Así que, en este contexto, ¿sería lícito juzgar a un individuo por cometer actos estúpidos?, o, dicho de otra forma, ¿lo sería el juzgar la felicidad de otros por el simple hecho de que para lograrla hayan tenido que cometer actos barbáricos y sumamente estúpidos?, ¿aún cuando dicha estupidez sea colectiva y aceptada (en un determinado círculo social)?, mucho me temo que responder afirmativamente a estas preguntas contradice nuestra muy peculiar manera de actuar, ya que "la estulticia es el condimento de la vida" (Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la Locura”). A riesgo de que se me tilde de misántropo, -a riesgo pero sin temor ni rechazo al título -, diré que pocos eventos disfruto tanto como la convivencia con mis amados fatuos, esos personajes cuyo vacío espiritual e intelectual es evidente y cuya función en la vida al parecer consiste en trasladarse de su domicilio al salón de clases, ocupar por espacio de dos horas un pupitre para, posteriormente, levantarse, trasladarse fuera de la Institución y permanecer ahí algunos minutos "intercambiando comentarios" con otros antropomorfoides, luego de un rato, y sin rumbo fijo enfilan camino hacia “sabe Dios dónde”. Anécdotas hay muchas, sin embargo haré referencia a una que en particular me pareció hilarante: Me encontraba con mis alumnos finalizando una revisión de exámenes cuando uno de ellos se acercó y con voz tenue preguntó:
- Disculpe profe, ¿pasaré el curso?
Sin voltear a verlo (ya que me encontraba registrando las calificaciones en el acta correspondiente) le dije:
- Obtén tu promedio y si es superior a seis entonces tendrás la asignatura aprobada.
- Profe, lo que pasa es que tengo 4.5 en el primer parcial, 5.0 en el segundo, 4.0 en el tercero y 2.5 en el final… ¿cree que "pase"?
Dejé el acta y lo miré, su confusión era evidente pues resultaba obvio que no había comprendido lo que le había dicho hacía solo unos segundos, así que aproveché la ocasión (pues nunca se debe desperdiciar la oportunidad de un comentario irónico) y le respondí mirándolo a los ojos:
- ¡Claro!
Pareció aún más confundido, tartamudeó algo que no comprendí, trató de dar media vuelta pero sus pies parecían no responder, así que acabó por lanzar una segunda pregunta:
- ¿De veras?
- ¡Si, claro!
Se alejó lentamente como tratando de poner en orden sus pensamientos y justo en el momento que me disponía a seguir registrando calificaciones en el acta se dirigió nuevamente al escritorio e inquirió:
- ¿Está siendo sarcástico?
- No.
Trató de marcharse pero ocurrió como la primera vez, dudó y volvió a hablar:
- ¿Ya ve?...
- ¿Qué ocurre?
- ¡Otra vez!
- ¿Otra vez qué?
- ¡Está siendo sarcástico profe!
- No… para nada…
- Entonces... ¿sí paso?...
- Claro.
- ¡Profeee!... ¿ya ve?
- ¿Ocurre algo?
- ¿Otra vez?
- ¿Perdón?, ¿a qué te refieres?
- ¡Está siendo sarcástico!
- ¡Claro que no!
- Entonces... ¿sí paso?...
- ¡Si! - ¡Gracias prof!...
Lo vi dirigirse a sus compañeros, hablaba y sonreía, posteriormente se retiraron. Confieso que hasta cierto punto me sorprendió que este personaje tuviese la capacidad de detectar la ironía, empero, confió que le había hablado con la verdad y que ésta era que tenía aprobado el curso. Guardé los documentos y abandoné el aula, aún nos encontramos en el pasillo que da a la calle y al verme dijo:
- ¡Gracias profe!
Cogito ergo sum.
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